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jueves, 16 de julio de 2015

Memorias del pensadero

Un día soleado y caluroso del verano nicaragüense, despertaba con las más desesperadas ansias de que sucediera lo que había estado esperando por más de un año. Despertaba con una emoción exorbitante que desgranaba mi alma como espiga de trigo antes de convertirse en pan, mas se escondía un profundo sentimiento leve, pero constante, de temor, inseguridad y la gran interrogante de saber si hacía o no lo correcto.

Siete en punto marcaba el despertador. El corazón latía cada vez más con desespero. Mi abuela, que desde temprano se había levantado para preparar el desayuno y a sintonizar las infaltables noticias matutinas en la radio a las cinco y media en punto, tocaba ya a la puerta de mi habitación para decirme, o más bien gritarme, que ya se nos hacía la hora.

En la ducha, cada gota de agua rebotaba en mi cabeza como fuertes sonidos de un bombo que se acompasaban con los latidos resonantes de mi corazón. Mi mente: fría, silenciosa, tímida y callada. Apenas tomé cuatro sorbos de mi café e hice la mueca de que desayunaba.

La maleta estaba hecha, tenía que partir.

Me esperaba un destino incierto, noches templadas, solitarias y vacías, o quizá un porvenir envidiable, lleno de saberes cósmicos y experiencias invaluables. No lo sabía. Cada luz de cada semáforo indicaba menos tiempo en casa, menos segundos de saborear el ambiente cálido de la familia, el amanecer incomparable de la rutina cotidiana y las largas caminatas que formaban parte de mi diario. Era una decisión tomada. Mis ojos brillaban.

No en vano soy hijo de mi madre, quizá el más semejante a su forma de ser, que con el mínimo detalle lloramos, ya sea por felicidad, por tristeza, por incertidumbre o nostalgia, por desesperanza o a veces simplemente por capricho. En esta ocasión las lágrimas caían por emoción, por el infantil sentimiento de empezar una nueva empresa, un nuevo camino. Lo dejaba todo por creer y querer obtenerlo todo. Ese era el verdadero intercambio.

El camino de casa hacia mi destino era lejano, empezaba a impacientarme. Y es que la impaciencia, aunque muy mala, a veces llega a ser inevitable. Y cuando al fin llegamos, me esperaba el que para mí sería el hogar de por vida, la escuela del alma y el trabajo de siempre. Una cabaña humilde, pero llena de sabiduría. Un pueblo sufrido, pero erguido. Una nueva familia.

Empuñé la manigueta negra que abría la puerta del vehículo, estiré el pie derecho para no mojarme con el charco que la lluvia había hecho justo en el sitio del estacionamiento, abrí el maletero y saqué mis pertenencias. Eso significó la total despedida de mi casa. Nos recibieron y, aunque las pláticas eran amenas, yo sólo asentía o me reía por protocolo, mi cuerpo estaba con ellos, pero mi mente divagaba por otros mundos. Estaba, pero no estaba.

Al concluir el rato, debía despedirme de mi abuela que, para evitarse la oscuridad de la noche o cualquier otro imprevisto, prefirió emprender viaje temprano aquella vez. Quizá quería desprenderse rápido del sinsabor de la despedida. Entre pocas palabras, entre un “se me cuida oyó” y un “ahí nos vemos”, un abrazo y un beso, sucedería la total y definitiva despedida de aquel tan esperado día. Y así culminaba ésta etapa, ansiada y temida por mí, por los encuentros emocionales y las vivencias inexperimentadas.


Llovió y lloré.

lunes, 20 de abril de 2015

Vida: ¿Resistencia o velocidad?

A menudo nos encontramos en la penosa situación de querer avanzar, de no detenerse, de seguir e ir más y más rápido. Nos preocupamos sobremanera por terminar lo que a veces ni siquiera hemos empezado. Queremos progresar a cualquier costo y terminar una etapa aunque implique quemarla, como si el sistema no nos impusiera ya demasiadas normas absurdas. Esa es nuestra vida, la vida que se resume en pequeñas circunstancias y que con cada parpadear se va perdiendo en la nada de nuestra existencia.

Nacemos, balbuceamos nuestras primeras palabras, aprendemos a caminar, golpe tras golpe, caída tras caída, cuando de pronto estamos estrenando uniforme de colegio para ir al kínder y nos ponemos -un ratito después- el uniforme más elegante que tengamos para ir a recibir nuestro diploma al dejar, por fin, la secundaria. Ojalá y todo este lío fuera tan rápido, pensaremos muchos. Ojalá vivirlo fuera como contarlo, luchando contra el reloj, contra los innumerables problemas, contra las travesuras infantiles que podrían ir progresando a medida en que nuestra consciencia más bien va retrocediendo.

Algunos ni siquiera hemos salido de la secundaria cuando ya estamos viviendo una vida de adulto profesional. Otros quizá estemos viviendo la plenitud de los cuarenta como si fuéramos aún aquellos colegiales adolescentes. Muchos otros, tal vez, estén únicamente sentados esperando aquello que añoraron tanto y que creyeron caería del cielo. Y muchos otros, por circunstancias tristes de esta injusta vida, es muy posible que con apenas 5, 8 o 10 años, ya estén viviendo, trabajando y sufriendo las penurias comunes que nos invaden a los adultos.

Unos adelantados, otros atrasados, otros inertes o inanimados, y muchos otros viviendo el día a día con paciencia, confianza y prudencia, sin poner el pie izquierdo sin saber dónde se pondrá el derecho. A veces solemos quemar etapas sin imaginarnos siquiera las consecuencias que eso conlleva. Si estamos en la Universidad, queremos terminar la carrera en menos tiempo para luego empezar otra, después hacer por lo menos dos maestrías y obtener finalmente un doctorado para cuando tengamos treinta. Nos preocupa más hacer las cosas rápido que hacerlas en tiempo, en forma y disfrutando cada momento de cada experiencia.

Cuando en el colegio recibíamos la clase de Educación física y se nos exigía hacer distintas pruebas, que la verdad no sé ni qué probaban, me llamaba mucho la atención que según nuestro peso, edad, altura, entre otros rasgos físicos, se nos asignaba tanto un período para las pruebas de resistencia, como para las pruebas de velocidad. Lo curioso es que para las pruebas de resistencia, cada estudiante tenía un tiempo determinado distinto. Por ejemplo, tenían que darse 3 vueltas corriendo a un campo entero (que cuando yo lo hacía me sentía Phileas Fogg dándole la vuelta al mundo en 80 días) en un tiempo específico, que variaba en cada estudiante según los rasgos anteriormente mencionados. Todos corríamos, pero no todos terminábamos de dar todas las vueltas al mismo tiempo. Y como siempre tienen que haber perdedores, en esta prueba perdía solamente quien no completaba la prueba en el tiempo estipulado.

Contrariamente, cuando hacíamos la prueba de velocidad, se nos exigía correr con otro compañero, en pareja, en la misma distancia al mismo tiempo. Como es obvio, se trataba de una prueba de competencia de suma cero en la que siempre había un perdedor y un ganador. Las reglas entre una prueba y la otra eran muy distintas. En una prueba solo debías preocuparte por mantener la respiración, correr y cumplir con tu tiempo en tiempo y forma, disfrutando cada momento del campo y de la carrera. En la segunda, debías preocuparte por llegar primero a la meta y ganarle a tu contrincante.

La vida ciertamente es una prueba, una carrera, pero cada uno ha de encontrarle su sentido y ha de diferenciar bien si se trata de una carrera de resistencia o de velocidad. En mi opinión tan sobria, he de admitir que la vida no es más que una carrera de resistencia en la que lo único que importa es mantenerse en pie, fuerte, en constante cambio y con la seguridad que solo nos da la prudencia de saber qué se nos avecina y la resiliencia para reaccionar ante los cambios próximos.

Erróneamente llegamos a interpretar que la vida es una carrera de velocidad en la que mientras más rápido terminemos una etapa en la vida, a pesar de no haberla disfrutado al máximo, es mejor. Estamos constantemente buscando un contrincante con quien competir o peor, a un semejante a quien hundir para nosotros supuestamente progresar. Es mejor hacer lo que nos toca, en el tiempo en que nos toca, y qué mejor si nos ganamos algunas sonrisas en el trayecto.

En la vida como carrera de resistencia, los únicos perdedores son aquellos que no aprovecharon el tiempo que les fue asignado para recorrer su campo. En la vida, que al final es una carrera, es más importante descubrirse, conocer sus capacidades y emplearlas para disfrutar del viaje. Cuando al final el profesor de Educación física suene el silbato, habremos tenido un viaje fascinante y habremos aprovechado todo el tiempo al máximo, por mucho o poco que fuera.


Preocupémonos pues por mantenernos fuertes y valientes, en lugar de quemar etapas y causarnos unos malos sabores de boca, pues la vida es más bien una carrera de resistencia, que una carrera de velocidad. No olvidés ponerte unos deportivos cómodos, equiparte con agua y ponerte los audífonos con buena música para la carrera.

Pedro S. Fonseca H.